Al tercer Domingo de Adviento se le llama Gaudete “Domingo de la alegría”. Así lo expresa la primera lectura del profeta Sofonías: «Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel”. Y la segunda de Pablo a los filipenses, nos invita a “estar siempre alegres”. La alegría es una especie de agua fresca y transparente de manantial, que inunda toda la liturgia de este día. El evangelista Lucas nos va a señalar el camino de la verdadera y auténtica alegría.
Durante este tercer domingo de Adviento, la vestimenta sacerdotal es de color rosa, a diferencia de los demás domingos que es el morado, y es que en esta celebración se hace un descanso trayendo consigo un claro mensaje: la penitencia no está peleada con la alegría, incluso son complementarias.
¿Qué debo hacer?
Debemos hacer lo que hace el Niño que viene: ser alimento, calor, puentes que acercan y evitan exclusiones. Debemos estar alegres anunciando la Buena Noticia, que se concreta en palabras de esperanza y en signos que hablan por sí solos de fraternidad y vida compartida.
No basta con querer hacer cosas buenas, la gente que escucha a Juan le pide explicaciones y él les ofrece unas respuestas muy prácticas que consisten en atender las necesidades de los demás.
Miremos bien a nuestro alrededor. Demos de comer, colaboremos con los que están haciendo campañas en estos días por los demás, … La alegría se manifiesta en la generosidad de la mirada y en aquello que compartimos sintiendo profundamente el dolor y sufrimiento de nuestros hermanos.
“¿Qué debemos hacer?” No quejarnos demasiado y ser felices. Hemos recibido la Buena Noticia: el Niño traerá la justicia. Simplemente hagamos el bien.
