En este cuarto domingo e adviento, ante la proximidad de la Navidad, nadie nos puede ayudar tanto a prepararnos como María. Hoy en el texto de la Visitación a su prima Isabel, de Lucas, vemos que:
– María se levantó y se puso en camino. El servicio es lo suyo. Sabe que el Verbo se ha encarnado en ella. Es la madre del Hijo de Dios pero no se le han subido los humos a la cabeza. Es la de siempre, la servidora, y por eso va a visitar a su prima que la necesita. Y va con gozo, con prontitud.
-Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. ¡Qué abrazo aquel! Son dos mujeres embarazadas que simbolizan dos alianzas, dos testamentos, dos pueblos: el antiguo y el nuevo.

– El salto de júbilo del niño Juan. El salto del niño Juan en el seno de su madre es como el salto de gozo de todo un pueblo que ha vivido con la esperanza puesta en el Mesías. Las mujeres del A.T. tenían una visión profética. Todas querían casarse y tener hijos para tener la posibilidad de que, de su descendencia, vendría el Mesías. Las dos mujeres, según este relato, se alegran, cantan y recuerdan los textos de sus antepasadas en la fe, según sus escritos sagrados.
Isabel, llena de Espíritu Santo, expresa los sentimientos que debemos tener ante la presencia de Jesús y María (Alabanza, asombro y alegría). Estos tres sentimientos los inspira, según Lucas, el Espíritu Santo; ya que generalmente no lo tenemos tan presente como debiéramos, es este un buen momento para pedirle que los infunda también en nosotros.
– María el mejor modelo de fe viva y confiada. La mujer que sabe escuchar a Dios en el fondo de su corazón y vive abierta a sus designios de salvación. Su prima Isabel la alaba con estas palabras memorables: «¡Dichosa tú, que has creído!». Para María la fe es fuente de felicidad, a pesar de las terribles pruebas por las que debió pasar. En ese camino misterioso de la fe, ella se nos ofrece como modelo.
Dichosos también nosotros si aprendemos a creer. Es lo mejor que nos puede suceder en la vida.
